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Proyecto "Connect Africa" en Mali

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Lunes 4 de septiembre

Ya estoy en Mali. Este ha sido un día verdaderamente largo, pues el avión me dejó en Bamako a las 2h30 de la madrugada. Mi comité de bienvenida lo formaban Dominique y Stéphane, que amablemente vinieron a recogerme a horas tan intempestivas. Entre la lentitud para conseguir el visado y el rato que todo el pasaje tuvimos que esperar para reclamar nuestras maletas (estoy sin ellas) no he llegado a la cama hasta las 4h00 AM. Atrás, pues, quedó mi breve estancia en Casablanca. La primera impresión es, como esperaba, la de un gran, enorme e incontrolable caos. El tipo de la barrera del aeropuerto quiere un pago por dejarnos salir de allí, Dominique se enfada, y tras discutir infructuosamente acaba abonando la cantidad solicitada. La casa donde nos alojamos está en mitad de la ciudad, y para llegar a ella atravesamos calles estrechas, sin asfaltar muchas, llenas de gente que duerme en la puerta de casas fabricadas con materiales variados (chapas, ladrillo, madera). La verdad es que el cuarto donde duermo no es precisamente "bonito": una cama vieja, un colchón duro, una sábana gastada, unas almohadas que son piedra y cuatro palos apuntalados en las esquinas para servir de soporte a la mosquitera. Eso y un viejo aparato de aire acondicionado que hace un ruido enorme y una mesita de noche destartalada. Hace tanto calor y estoy tan cansado que riego las cucarachas de la ducha para que me hagan sitio, pueda refrescarme y duerma al menos una hora. Dominique me invita a quedarme durmiendo, pero no he venido para eso, así que le digo que a las 7h00 estaré listo para partir. Él sonríe y me deja algo de ropa (sólo llevo lo puesto y el portátil).

Llega el día y partimos a la hora prevista para recorrer las ya atestadas de gente calles de Bamako: rojo polvoriento lo inunda todo, las motos y los coches se cruzan sin concierto y, sencillamente, me maravillo con el espectáculo que se desarrolla a ambos lados de cada calle que cruzamos.

Los participantes en el curso son gente de entre 20 y 50 años, la mayoría no ha visto un ordenador en su vida. Eso, sumado al hecho de ser más de 40, presenta todo un reto para este docente que aquí escribe. La sala de clase está bien acondicionada, hay un ordenador por participante y lo único que echaría en falta (y mucho) es una pizarra grande. La disposición del grupo es variada y tengo que adaptar los objetivos del día a cada instante. No es fácil explicar en francés, a gente de formación tan opuestas (profesores de informática, profesores de inglés, de matemáticas...), atender sus preguntas, motivarles, avanzar en los contenidos, comprobar que lo que hacen lo hacen bien para no quedarse atrás y mantener un ambiente agradable y animoso. Es agotador, y me encanta. Afortunadamente, Dominique, Stéphane, Samuel y Sagara son de gran ayuda, pues casi todas las dudas puntuales prácticas sobre los puestos de trabajo las asumen ellos. Tenemos 40 ordenadores distribuídos en 10 concentradores sobre un solo switch y un servidor. A ver si aguanta la red.

La sala del curso está bien acondicionada, bastante mejor que como era en Lesotho. Es todavía pronto para hacerme una día de la forma de ser de los malienses, pero la primera impresión es positiva. Son gente muy respetuosa y la mayoría de ellos musulmanes practicantes, por lo que tenemos que alargar las pausas de café para dejar tiempo al rezo. Delante nos quedan dos semanas de intenso trabajo, de problemas con la red, de ordenadores que fallan, de alegrías y dolores de cabeza. ¡El curso ha comenzado por fin!.

< Domingo, 3 de septiembre - Martes 5 de septiembre >