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Son las 21h30 aquí ahora, por
tanto las 23h30 en mi país. Acabamos de terminar de cenar, la comida
simple pero deliciosa que nuestro cocinero nos ha preparado.
Tenemos tres personas en la casa que realizan por nosotros esas tareas que, de otra forma, serían imposibles por la falta de tiempo: cocinar, lavar, limpiar, hacer la compra e, incluso, preparar un buen té de vez en cuando. El cocinero es un hombre de unos cuarenta años, reservado, serio y menudo. Pasa casi desapercibido, pero me gusta la sencillez y al mismo tiempo maestría con que nos prepara el pollo, las patatas fritas, el arroz, las ensaladas. La casa está preparada para alojar a personal de servicio. Una parte está separada de la otra: una con baño, habitaciones grandes climatizadas con armarios y todo con la posibildad de cerrar bajo llave. La otra parte está junto a la cocina, y se puede acceder pasando a un lado de la casa, por el patio de atrás. En esta parte se alojan tanto la pareja que nos limpia la casa, nos lava la ropa y nos plancha, como nuestro cocinero.
Una parte de la casa tiene tres dormitorios y un gran salon, la otra tres habitaciones pequeñas que yo comparto con el servicio (pues no hay más habitaciones disponibles). No me importa, aunque mi habitación es un lugar caluroso, húmedo, diminuto y donde es fácil acceder desde la calle. Después de ver cómo vive la gente casi en cualquier barrio de la ciudad (con más de millón y medio de habitantes), mi pequeño rincón para dormir y el aseo destartalado donde me lavo tras saludar a los insectos me parece un lugar bastánte cómodo.
Es difícil ver una vivienda de más de una planta por aquí, que las hay, aunque no abundan. Casi todas las calles se hayan flanqueadas por pequeñas construcciones, bien en ladrillo, bien en bloques, bien en chapa, bien en madera, de una planta, donde familias de hasta 8 miembros comparte dos habitaciones diminutas, siendo frecuentemente una de ellas el lugar donde se desarrolla el negocio familiar: una tienda de telas, un costurero, un taller de reparación de motos, un proveedor de ultramarinos...
Sólo las calles importantes están asfaltadas. Nuestra casa se
encuentra en el extremo noreste de la ciudad, y a su puerta acuden
todas las tardes grupos de chavales a jugar al fútbol aprovechando que
hay menos piedras en el suelo, lo que no evita que para controlar el
balón sea necesario ser todo un artista del esférico.
La vida se desarrolla en la calle: la gente prepara la comida, cierra los tratos o duerme en la puerta de casa. A cada lado de las calles suele encontrarse una zanja, que recorre el largo de la vía paralelamente a las filas de viviendas y que proporciona el sistema de alcantarillado a la urbe. Habitualmente estas zanjas están tapadas con losas, que en muchas zonas han sido tomadas prestadas para cubrir algún agujero, dejando a la vista más a menudo de lo que quisieran densas aguas estancadas de color verdoso.
Las motos y los coches circulan de una manera que no siempre llego a comprender, y parece ser que tampoco los locales, porque no es raro ver en mitad de la calle a dos vehículos que han colisionado y que esperan la llegada de la policía para resolver sus diferencias, contribuyendo de esta manera a aumentar el caos circulatorio.
Nuestra jornada laboral se desarrolla con cierta rutina. Cada mañana,
sobre las 6h45, tras una ducha y un desayuno ligero, nos dirigimos al
centro de nuevas tecnologías de Bamako, el AGETIC (tienen una página
web que no está nada mal para lo que luego podemos encontrar en este
edificio). Allí es donde impartimos el curso, desde las 8h00 hasta las
17h30 aproximadamente, con dos pausas para café (una por la mañana y
otra a la tarde) y una parada de una hora para comer en el pasillo un
menú que consiste siempre en un plato de ensalada (lechuga, tomate,
pimiento y pepino) y carne con legumbres, cereales o verduras.
La metodología seguida es fruto de
nuestra experiencia en Lesotho, lo que nos ha permitido sistematizar
el proceso formativo y, desde mi punto de vista, llevar con éxito un
taller complejo orientado a gente que jamás a trabajado con software
libre y, en más ocasiones de las que quisiéramos, con un ordenador. Yo
explico sin parar, realizando cada paso con un ejemplo sobre una
máquina conectada a un proyector. Cada uno de ellos me sigue en su
ordenador, junto a una guía concisa preparada por Samuel. Tanto Samuel
como Stéphane, Sagara y Dominique atienden las dudas puntuales que van
surgiendo, a la vez que terminan de configurar otras máquinas para
probar algún software que pueda resultar interesante. Ahora que
estamos con la instalación de los servidores, los hemos organizados en
10 grupos de 3 o cuatro miembros. Cada grupo ha creado su propia red
local, conectando los ordenadores en redes ethernet. Uno configura el
servidor y sigue mis instrucciones, los otros supervisan, siguen
también mis explicaciones, toman notas y comprueban que todo funciona
sobre los puestos clientes. Creo que es una metodología muy acertada,
aunque ya tenemos algunas ideas para mejorarla. Es agotador, pero es
sorprendentemente efectivo trabajar así.
Despúes del curso nos llevan de nuevo hasta la casa, donde pasamos el resto de la tarde y, si el cuerpo lo aguanta como hoy, disfruto de un partido de fútbol con los jóvenes del lugar (aunque hoy se han vuelto locos los críos con los caramelos que tenía en los bolsillos, je je).
Aprovechando que es viernes, que el curso avanza bien y que mañana y el domingo nos lo vamos a tomar de descanso (lo cual agradezco infinitamente, pues estoy agotado), saldremos a tomar algo por esta ciudad que, debo decir, me ha impresionado por su pobreza y cautivado por sus gentes.
Voy a publicar esto, a duchar y a untarme de antimosquitos. Ya os seguiré contando mañana ;-)