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Tras dormir como un tronco no sin echar de menos los llantos
intermitentes de mi recién nacida hija, me levanto, me ducho, y subo a
desayunar. Tomando el café conozco a un madrileño que también está
colgado debido al retraso, aunque él viaja a Mauritania, pero sendos
aviones parten a horarios similares. Le propongo hacer turismo por la
ciudad y sin dudar se anima. Poco después abandonaríamos el hotel para
encaminar nuestros pasos hacia tres objetivos principales: la medina,
el puerto y, finalmente, la gran mezquita de Hasan II.
A pesar de las alarmantes recomendaciones de la noche anterior,
encuentro la ciudad tranquila y moderna. Nuestra visita por las
callejuelas atestadas de gente de la medina, con mil tiendas de casi
todo a cada paso, resultan un divertimento inolvidable. Somos casi los
únicos extranjeros que circulan por la zona, pero no obstante la gente
ignora nuestra presencia, sintiendo esa agradable sensación de formar
parte del entorno.
Después de callejear por allí nos vamos al puerto,
donde un fortísimo olor a pescado podrido llena nuestros pulmones. El
escenario junto a los destartalados barcos de pesca atracados junto a
la lonja es casi dantesco: manos atareadas en destripar tiburones de
mediano tamaño (un metro), gente de aquí para allá, gritando con
pescado al hombro. Todo el suelo es un escurridizo tapiz de entrañas
de pescado y debemos fijar nuestra atención sobre el equilibrio al
andar. Unos sacan el pescado del barco, otros lo lavan, otros se lo
compran, otros lo limpian, otros lo colocan en cajas, y otros lo
venden. No sé a cuánto estará, pero con tanto intermediario me imagino
que del valor inicial al final habrá un inflado camino de
comisiones...
Dejamos el puerto e iniciamos una larga marcha al enorme edificio que
domina la parte de la ciudad que toca el mar: la gran mezquita de
Hasan II. Este monstruoso pero bello edificio es fácilmente
distinguible gracias a su minarete de doscientos metros de altura. A
la espera de poder entrar a visitarlo, nos acercamos al centro de la
ciudad para comer en un pequeño y tenebroso restaurante. Voveríamos
más tarde a conocer junto a una simpática guía los entresijos y
maravillas de la gran mezquita, un edificio que se construyó en
Casablanca para atraer el turismo, porque, sinceramente, hay muy poco
que visitar como turista en esta infinita urbe industrial y comercial.
A nuestra vuelta al hotel, y antes
de escribir esto, aprovechamos para subir a la piscina de la terraza
(una pena olvidar el bañador) y beber esa cerveza que por doquier
hemos buscado y en ningún lado (salvo aquí) hemos
encontrado. Alrededor del lugar sólo se ven edificios variopintos
hasta el horizonte. Joaquin es un tipo muy majo y peculiar y me alegro
de haber pasado el día con él, andando hasta agotar nuestros piés de
turista por las calles de la marroquí Casablanca.