< Inicio
El curso avanza bien. Gracias el esfuerzo que aunan Dominique, Samuel y Stéphane ya hemos terminado de enseñar a instalar Ubuntu como sistema operativo en los puestos de trabajo (los clientes de las redes). En total son 10 las redes que se instalarán en el país, y aunque son pocas para las necesidades del mismo, son un importante comienzo sobre todo en cuanto a la transferencia de conocimientos y la introducción de software libre en los esquemas arcaicos y tecnológicos de lo que aquí significa "informática".
El entusiasmo de la gente se mantiene en buena salud, lo cual es todo
un logro. Hemos empezado a instalar los servidores, unos bonitos Dell
PowerEdge 2400, un poco anticuados pero de aspecto robusto y con
las ventajas de un servidor diseñado para el trabajo duro: discos SCSI
intercambiables en caliente, así como doble fuente de alimentación y
otras pequeñas pero importante maravillas. Afortunadamente, los
participantes ahora trabajan organizados en 10 equipos, cada uno con
un servidor, por lo que las tareas de tomar notas, corregir los
errores tipográficos, teclear o atenderme se reparten, aunque siempre
con un toque especiado de esa anarquía propia de estos lares.
Me gusta mucho Bamako, aunque es una ciudad sucia y totalmente desorganizada a primera vista, la calle rebosa vida y eso, no se porqué, hace que al volver a casa por los destartalados atajos que toma nuestro conductor, se dibuje una sonrisa en mis rostro y me alegre de estar trabajando aquí a fondo para esta gente. Me cautivan los vestidos de las mujeres y sus mil y una maneras de llevar a sus bebés consigo con el simple uso de una tela, las miles de tiendas diminutas, las cabras, la música, el tráfico infernal... son demasiadas imágenes para tan pocas palabras.
Al llegar a casa un grupo de niños y no tan niños jugaban al fútbol en
nuestra puerta. Como fanáticos que son de este deporte, juegan en
todas partes y uno de cada dos chavales viste una camiseta de
Ronaldinho, Et'o o cualquier otro jugador de prestigio. No he podido
evitar entrar corriendo en la casa, pornerme el pantalón corto,
ajustarme las zapatillas y sumarme al partido. Las porterías las han
soldado ellos con los hierros que han encontrado por ahí, según me ha
explicado un joven de unos 8 años muy orgulloso. Son porterías
diminutas, de 40 centímetros de alto por medio metro de ancho, pero su
destreza jugando ayuda a acertar en ellas. Sólo he metido un gol, pero
son buenos jugando y yo soy tan malo que he hecho lo único que sé:
correr detrás del balón, reirme mucho y sudar como un bendito. Estaban
encantados de jugar conmigo, sobre todo los más pequeños. Lo he pasado
muy bien y me han invitado a que vaya otra vez a jugar con ellos
mañana, je je.