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El Hipo

< Viernes,8 de septiembre

Era viernes, la semana de trabajo había finalizado felizmente, los objetivos estaban cumplidos y el curso sigue un ritmo que presagia su exitosa conclusión. Si bien el cansancio se había ido acumulando a lo largo de los últimos días, como digo, era viernes, y siendo viernes, estando en una ciudad que era capaz de maravillarte tras doblar cada esquina, no tenía duda alguna en que una cervecita por algún lugar de Bamako sería la guinda merecida.

Desafortunadamente, y debido a la fatiga acumulada, tanto Samuel como Stéphane decidieron permanecer en la casa. Afortunadamente, Dominique y yo estábamos listos para irnos, así que a eso de las 23h00 nuestro casero nos buscó un taxi que nos transportara al Hippo d'Or, una especie de bar-pub-discoteca con música en vivo, baile y muy poca luz. No habíamos avanzado más de veinte metros sobre el desigual suelo de nuestra calle cuando el viejo, destartalado y tremendamente ruidoso taxi tocó sonoramente una piedra bajo el chásis. El joven chófer se bajó y colocó una toalla sobre el suelo para comprobar los daños. Abrí la puerta y me asomé, pudiendo verificar lo que tanto Dominique y yo nos imaginábamos: el tubo de escape estaba tirado en el suelo. Parece que esto no era la primera vez que ocurría, porque dos minutos después el coche siguió avanzando ruidosamente, como un viejo tractor, hasta firmes más firmes y, finalmente, la puerta del Hippo d'Or.

Un tipo enorme se encontraba sentado en la entrada, con un taco de tickets. 1.500 francos la consumición y el acceso (un euro son aproximadamente 650 francos). Desde fuera Dominique ya me adelantó que no habría mucha gente, pues el lugar se encontraba bastante despejado de coches. El Hippo d'Or es una nave con techo de chapa y paredes de obra. Tiene muy poca luz, al igual que el resto de esta ciudad donde se pueden contar con los dedos de la mano las calles que disfrutan de iluminación en la vía pública. La mitad del lugar se hallaba repleto de mesas, y un pequeño escenario en la esquina con un lugar despejado enfrente era el espacio donde los paisanos hacían su música y disfrutaban del baile.

Nos acercamos a la barra (me gustan las barras, porque los camareros te cuenta siempre cosas interesantes) y pedimos unas cervezas, integrándonos de inmediato en la dinámica del lugar. Un grupo de dos guitarristas, un batería, un cantante y una especie de gogó estuvieron dando al público, sin parar, tres horas de ritmos pegadizos (muy a lo reagge) que hicieron nuestras delicias, hasta el punto de no poder evitar, poco antes de irnos, el sumarnos a bailar con el resto de clientes. Dominique le dió una propina al cantante y, como manda la tradición, se la pegó en la frente durante un rato en señal de agradecimiento tras decir abiertamente "Merci pour pouvoir manger!". He de decir que eran buenos, muy buenos. Espero poder llevarme algo de la música de aquí para seguir disfrutándola en casa.

Nuestro camarero era un chaval joven, que nos preguntó de dónde éramos y qué hacíamos en Mali, y nos explicó cómo funcionaba el garito. Al final de la noche me aseguró que su ilusión era aprender informática, por lo que le dije que lo mejor era que se dirigiese al AGETIC. Aunque trabajando todas las noches y durmiendo durante el día lo veía complicado para que siguiera curso alguno. Era muy raro ver blancos allí, por lo que al llegar tenía esa sensación de estar fuera de lugar, pero esta gente es muy amigable y esa noche de cervecitas y buena música resultó muy agradable y divertida.

Tras despedirnos de nuestro camarero (que nos invita a venir al día siguiente, pues según él habría más público y podríamos seguir disfrutando de los mismos músicos) tomamos uno de los taxis que esperan en la puerta la salida de la clientela. Son las 1h30 aproximadamente, y las calles están despejadas (¡qué diferencia con nuestros viajes de ida y vuelta al AGETIC!). El taxi se queda parado en mitad de la carretera porque no tiene gasolina. Consigue arrancar y llegar a una gasolinera que por suerte estaba casi al lado. Con un pitido de claxon despierta a uno de los tres tipos que duermen junto a los dos surtidores. Tras "llenar" el depósito con casi DOS litros de gasolina continuamos hasta casa sin más percances. No es complicado hacerse entender con los taxistas, basta con cerrar el precio de la carrera antes de salir y ya está, no suelen discutir mucho.

Escribo esto al día siguiente, sentado en el porche de casa esperando a que terminen de arreglar el podrido grifo de la cocina para poder tener agua corriente y ducharme. Hoy creo que iremos al mercado. Ya os contaré.