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Levantarse y leer el periódico para ponerse al día para cuando regrese a España. En esto ha consistido la mañana. Me alegra ver que los amigos de Barrapunto se hacen eco del proyecto, un saludo a todos ellos y en especial a Yonderboy desde la húmeda Bamako, donde no pasamos de los 30 grados pero donde la camiseta se pega a la piel y la sudoración es constante.
A la tarde hemos ido al mercado Stéphane, Samuel y yo. El acoso de los intermediarios ha llevado a Samuel a abandonar la idea de entrar en el mercado para comprar algún regalillo para los amigos. Ir de compras por el mercado que está alrededor de la gran mezquita es siempre una prueba de paciencia, diplomacia y regateo. La gente te abruma con mil y una ofertas, tiran de tí, entablan discusiones sobre el precio aunque no abras la boca. En fin, que hay que ir con cierta predisposición si no quieres sentirte en el centro del infierno: apretujones de gente, hormigas rojas diminutas que caen de no se donde y hacen que te pique todo el cuerpo, las fétidas callejuelas anexas, el calor, pero al mismo tiempo los infinitos colores de las telas, las pequeñas tiendecillas con miles de artículos, la calidad del trabajo en ébano, la fuerza de los dibujos ocres sobre tapices de algodón, las miradas de los niños...
Mientras Stéphane negociaba algunas tallas en madera, yo esperaba en el patio donde trabajaban cinco artesanos, creando leones en oscura madera o máscaras con una pequeña hacha como única herramienta. Estoy apoyado sobre el quicio de la entrada, un hombre viejo está sentado a mi izquierda. Se acerca un joven a venderme pulseras, y el viejo le grita noséqué en bambara y el tipo se pira. Luego viene otro, esta vez con CDs, y se repite la escena, el viejo lo echa con dos palabras (qué le diría). Yo sólo me maravillo con el trabajo de los artesanos, y miro al viejo, éste me sonríe y continúa su siesta.
Esta noche, de madrugada, comienzo mi largo viaje de regreso a casa: en coche al aeropuerto, en avión a Casablanca, espera de horas hasta coger el vuelo a Madrid y, de allí, un autobús o el tren, lo que antes pueda tomar, a Jaén, regresando así al lado de mi pequeña y querida familia.
Pero antes disfrutamos de una velada burocrática con el consejero principal del Ministerio de Comunicaciones, que en nombre del ministro y disculpando su ausencia por estar fuera del país, agradece nuestro trabajo y nos anima a seguir tendiendo puentes entre Europa y África.
< Viernes, 15 de septiembre - El domingo llegué a Jaén ;-)