Proyecto en Lesotho

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Lunes 17 de octubre

Llego a Johannesburgo tras más de 10 horas de incómodo vuelo. Hemos volado sobre el Sáhara, la selva del Congo, Zimbawe... hasta llegar al extremo sur del continente. Tras salir del avión preparo mi pasaporte y me dispongo a pasar la aduana y conseguir mi visado para Sudáfrica: no hay ningún problema, me estampan el sello, puedo estar en el país un año, e incluso puedo pasar con las galletas de mi tía ;-)

Un trabajador del aeropuerto me guía hasta la zona de facturación de South African Airways. Por el camino me habla de fútbol (sabía que el Atlético de Madrid había perdido contra el Real Madrid el sábado pasado) y yo le cuento mi problema con mi próximo billete. Llegamos al mostrador de facturación y una señora nos atiende y escucha algo así como una explicación de mi problema en idioma local de este trabajador. Ella niega con la cabeza y yo empiezo a ponerme nerviso y a maldecir para mis adentros. El tipo se marcha contento tras una pequeña propina y yo sigo discutiendo con la señora tras el mostrador. Confirma peores mis sospechas, está todo completo hasta el miércoles. No puedo hacer nada más que decirle que voy a seguir allí, esperando que me consiga un vuelo. Dice que no me va a hacer pagar por el nuevo billete (al fin y al cabo ellos no tenían la culpa de que yo hubiese perdido mi avión), pero que seguramente tendré que esperar hasta el miércoles. Pongo mi cara más triste y drámatica, le ruego, le imploro, le pido que intente hacer lo posible.

Me quedo por el aeropuerto una hora dando vueltas, es moderno, pero no muy grande, del tamaño del de Málaga tal vez. El avión no sale hasta dos horas más tarde. Sigo deambulando y me asomo a una terraza: Johannesburgo no parece una ciudad en la que me gustaría quedarme dos días.

Finalmente la señora me hace señas mientras cuelga el teléfono para que vaya de nuevo al mostrador. Me acerco sonriendo, esperando una respuesta positiva. Ella me dice en inglés "Es tarde y quiero irme a casa, así que voy a ponerte en el avión, y si faltan asientos que se encarguen ellos de buscar una solución". Gracias, gracias, gracias. Facturo, ya tengo mi tarjeta de embarco a Maseru finalmente. Me da igual cuanta gente vaya en ese avión, ¡una vez dentro no me va a bajar nadie! 17 personas me están esperando y no puedo retrasarme más.

Me subo en el avión. Nada comparado con el de la noche anterior (que tenía cuatro asientos en el centro y un par a cada lado, es decir, dos pasillos). Este es muy pequeñito, de hélices, con dos asientos a un lado del pasillo y uno solo al otro lado. Hay que andar muy agachado dentro de este avión. Veo como se va llenando y cuando aún quedan dos asientos libres la azafata cierra la puerta. Por fin estoy camino de Maseru.

El pequeño aparato tarda poco más de una hora en llevarnos más al sur, hasta Maseru. El diminuto aeropuerto es atendido por sólo 8 personas: dos encargados de dirigir al avión al punto de estacionamiento y de recoger los equipajes, dos para ponerte el visado y sellarlo, dos aduaneros, una encargada del teléfono público y otra en una ventanilla de información. No tengo dinero local para llamar por teléfono, así que la chica amablemente me deja usarlo sin pagar. Aviso a Dominique de que por fin estoy aquí y me da el nombre del hotel. Apunto la suma a pagar, espero poder hacerlo a la vuelta.

Cuando salgo del aeropuerto no se ve más que la carretera y las montañas lejanas. Un par de furgonetas están estacionadas, y una de ellas sale inmediatamente. Son los taxis, que no parten hasta que no están llenos de gente. Subo en uno y el conductor me indica que tenemos que esperar a unos pasajeros que vienen de Angola. Vuelvo a salir y me doy un paseo mientras espero. El paisaje es muy seco, y eso que se supone que estamos en primavera. Los árboles son muy escasos. Leí en alguna parte que los pocos que había (porque parece ser que estas montañas nunca han sido muy frondosas), los habían talado para hacer leña.

Tras unos minutos nos ponemos finalmente en marcha y nos dirigimos a Maseru. Empiezan a aparecer las primeras casas, de una sola planta, rectangulares, de paredes no enlucidas y tejados de contrachapado. Pienso que son los suburbios de Maseru, pero estoy equivocado, toda la ciudad es así (algunas casas mejor, otras peor, pero prácticamente todas así). La pobreza es patente, el asfaltado escaso y la gente andando de un sitio para otro mucha.

Llego al hotel y sale Dominique a recibirme, estrechamos alegremente la mano, por fin el equipo está completo. El sale a pagarle al taxista (como dije, no tenía moneda local), pero éste no está. Poco después reaparecería buscando su justo pago.

Me dan la llave de la habitación y entro en ella: no está mal, está limpia, con muebles un poco fastidiados y un baño cuyos grifos se descuelgan con solo tocarlos, pero limpio. Con eso me basta. Antes de ir a cenar llamo a Cristina y tomo una foto de todo el material que he preparado para este curso.

Se compone de:

Durante la cena me informan de la situación, de la organización, de las infraestructuras de que disponemos, y charlamos sobre cómo mejor llevar el curso que mañana comienza.

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