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Hoy el día se ha levantado soleado
y tíbio, qué bien. La jornada ha discurrido sin problemas, hoy por fin
hemos llegado puntualmente a clase. Mejor que mejor, porque lo
explicado este día ha sido bastante duro para ellos (y para mí, que he
acabado muy cansado). Les he impartida las primeras nociones de
configuración del sistema, y ya han empezado a pelearse con la "shell":
copiar y mover ficheros, crear y destruir directorios, crear y borrar
usuarios, cambiar permisos, programar sus primeros scripts, jugar con
los "pipes" y las redirecciones, etc. Le han visto las orejas al lobo,
y en muchos momentos he tenido que pararme para atender personalmente
a algunos de ellos, con objeto de evitar que se quedaran rezagados por
la dificultad de la materia. No es que sea difícil, la verdad, pero
para alguien que no está acostumbrado a una línea de comandos resulta
complicado asimilar todo lo que hoy hemos visto.
Tras la clase, Jean-Jacques y yo
hemos puesto en marcha el repositorio con los paquetes debian me que
descargé de la red y grabé en un CD cuando estaba en Jaén. Aparte de
algunos nombres de ficheros incorrectos que ser resolvió prontamente,
el repositorio funciona maravillosamente, por lo que mañana podremos
hacer las primeras prácticas reales de instalación/desinstalación de
software.
A la noche fuimos invitados a cenar en el restaurante chino de uno de los hoteles más caros de la zona (si no el que más). El secretario de no sé qué ministro y la directora del Ministerio de Comunicación querían charlar con nosotros. Ha sido una velada muy agradable, aunque el tipo era bastante estirado, pero no hay nada que un par de vasos de vino tinto no suelten ;-)
Tras la cena, y mientras el resto buscaba los coches, Dominique y yo hemos entrado en el casino, como un par de curiosos, para ver qué se cocía por allí. Me he quedado impresionado por tres cosas: