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Hoy ha sido el día en que más he aprendido sobre este país y la forma de ser de su gente, y aunque estoy muy cansado no me acuesto sin escribir según previsto.
Nada más levantarme preparé la mochila con lo que podría hacerme falta: un poco de comida, la cámara de fotos, el botiquín de montaña, y por supuesto la bolsa de caramelos de La Pilarica que Cristina compró para que se los diera a los niños del lugar. Me vestí y me fuí a desayunar con Jean-Jacques y Dominique. Poco después estábamos montados en el todo terreno de uno de los seguidores del curso. Finalmente seríamos seis: el más veterano del grupo en formación conducía, y dos más de unos treinta años, por lo que finalmente éramos seis.
No conocía el plan. Dominique quería ir a Tabha Sheka, y los basotho a Mahala Dam. Como ellos conducían y habían preparado la excursión, pues nos dejamos llevar, aunque Dominique no estaba muy contento con el plan. Tras mirar el mapa puede comprobar que el lugar al que íbamos no era si no la presa de un pantano, mientras que Tabha Sheka era un pueblo típico del interior. No me importaba, la verdad, estaba seguro que hiciéramos lo que hiciéramos merecería la pena. Además, era mi primer día de descanso en mucho tiempo, así que no tenía el más mínimo ánimo de discutir, y eso que soy dado a lo propio cuando se trata de una excursión.
Repostamos antes de salir de Maseru, y lo primero que me sorprendió al
llegar a la gasolinera era que hubiese cuatro empleados atendiendo a
sólo dos surtidores, cuando en Europa cada vez son más habituales las
gasolineras "self-service". Inmediatamente entedí la razón: mientras
uno te llena el depósito, otro te limpia los cristales y un tercero te
abre el capó y te revisa el aceita. Pagas la gasolina y una propina y
te vas, y les estás dando trabajo a cuatro personas. No está mal,
deberíamos aprender en Europa, los encargados sólo te llenan el
depósito...
Carretera y manta, nunca mejor dicho. En este país la vestimenta típica es un sombrero cónico realizado con algo similar al mimbre, e ir envuelto en una manta. Veo a algunos transeuntes con tal atenduendo a los lados de la carretera, y sería la visión general de los habitantes de las tierras altas, las Highlands, donde se encuentran los pequeños pueblos.
Tendríamos que pasar tres puertos antes de llegar a la presa, y justo
al principio de la ascensión del primero nos paramos en un pequeño
pueblo desde donde hay una buena vista sobre la Universidad Nacional
de Lesotho. Es la única que tiene, no es muy grande, pero nos la
indicaron con orgullo. En ese mismo pueblecito veo que hay niños tras
los muros de las casas de piedra y bloques que nos miran curiosos. Es
el momento de sacar los caramelos. Levanto la bolsa en mi mano y les
indico que se acerquen. Primero con temor y luego con curiosidad se
aproximan. Abro la bolsa y empiezo a repartir los primeros puñados de
caramelos a los cuatro niños que tengo a mis pies. Están sucios,
comidos de mocos, delgados y vestidos con harapos. Cuando veo que uno
de ellos le pega un bocado con envoltorio y todo, abro un caramelo, me
lo meto en la boca y digo "hmmmm". Con las manos en alto esperando más
todos dicen "hmmmm", sin probar los caramelos. Antes de que me dé
cuenta, aparecen niños por todas partes (¿se comunicarán por
telepatía?) y reparto los caramelos en mitad de un caos de manos
abiertas y "hmmmm". Un niño que tendría un año se me queda mirando
desde abajo, no entiende nada y me observa curioso mientras que el
resto recibe sin hartarse. Me agacho y le meto en el bolsillo de su
diminuta sudadera tres caramelos, que casi se le caen por lo
destrozada que estaba la prenda. Mira a la que debería ser su hermana
como preguntándole "¿qué pasa aquí?, ¿qué me ha metido éste en los
bolsillos?". Cuando la bolsa está por la mitad decido parar, porque
espero poder dar más caramelos una vez nos adentremos en las
montañas. Ellos me siguen, pidiéndome más. Yo me subo al coche y se
despiden diciéndonos adiós. Espero que se los coman sin envoltorio...
El coche asciende por la curvada carretera, hasta alcanzar más de dos mil metros de altitud. Atrás quedan las tierras bajas y ante nosotros se abre un paisaje de intrincados valles y montañas, con cumbres incontables pero romas, de escaso árboles y vegetación limitada a la hierba y el matorral. Los pequeños pueblos se suceden a uno y otro lado de la carretera. Podemos ver gente ociosa, los colegios, los retretes y las casas de dos tipos principalmente: cuadradas de bloques con techo de lata, o redondas de piedra con techo de paja (la más tradicional). Casas de diseño mixto se alternan con las anteriores. Generalemente son bastante pequeñas, siempre de una sola planta, y con un pequeño terreno alrededor. Todas las casas suelen distar más de diez metros la una de la otra, y cada pueblo suele tener unas 20 o 30 casas.
Tras dos puertos más llegamos por fin a la presa donde comeríamos. No
es nada digno de contar, porque la verdad es que no me resultó nada
interesante, aparte de la descripción de cómo todas los embalses del
país estaban subvencionados por Sudáfrica, y que todo era para
inyectar agua hacie el norte, hacia Sudáfrica. Me pregunté si estas
gentes no estaban hipotecando su futuro al llevar todo el agua a
Sudáfrica.
A la vuelta tomamos una carretera de tierra para poder ver la presa desde lejos. Los basotho están alucinados con la presa y la cantidad de agua que tiene embalsada, debe ser lo más parecido al mar que han visto nunca. A la vuelta les indico que se paren un segundo, para que termine de repartir los caramelos a un grupo de niños que jugaba al fútbol con una botella de plástico azul. Nunca esperé una reacción asi: echaron a correr despavoridos, yo les seguí, dirigiéndome hacia donde estaba un grupo de adultos, y los niños huían de mí como de la peste, corriendo, gritando y llorando. Cuando llegué al grupo de adultos (estaba claro que tenía que explicarme), les enseñé los caramelos. Un niño de unos dos años a los pies de su madre me miraba sin para de llorar, lo que provocaba unas pompas de mocos enormes. Estaban todavía más sucios que los anteriores. De nuevo, poco a poco se fueron acercando, un par de niñas de unos 10 años llevaban a bebés envueltos en la manta a la espalda. La cosa se animó y terminó como en las cabalgatas de reyes: lanzando caramelos al aire y niños y adultos revolcándose para cogerlos. Tras mostrarles que la bolsa se había quedado vacía, volvía al coche mientras el resto del grupo me esperaba muerto de risa.
Tomamos camino a Maseru, no sin antes acercarnos a visitar la montaña
que cuenta la historia de la formación de la nación de Lesotho. Cuando
llegamos a su base para subir por el único camino posible (o eso
decían), no me pareció tan grande (a lo mejor tenía que esperar a la
noche, según la leyenda). Subimos. La parte superior era una planicie
de hierba y roca. Me impresionaron las tumbas de los reyes: había
decenas de ellas. Cada vez que un rey muere o un familiar del mismo,
es enterrado allí. Las tumbas son pilas de piedra, y algunas datan de
hace más de un siglo. Pude ver la tumba de Moshoeshoe I, el fundador
de Lesotho, el que llevó a todas las tribus a lo alto de aquella
montaña y les dió protección contra los sudafricanos, hasta que los
Británicos vinieron a echarles una mano.
El sol se puso mientras descendíamos, fue una visión maravillosa.
Seguimos nuestro camino a Maseru y al hotel.