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Ha sido un día de despedidas. Entre el frenesí de instalación de Ubuntu en más equipos y la primera partida de un grupo de máquinas, con el caos que produce su etiquetado e inventariado, se han sucedido los agradecimientos y la demanda de continuar el contacto en el futuro. No tienen por qué pedirlo, se lo han ganado.
Anoche vino a despedirse personalmente uno de los alumnos, porque no podría asistir en el día de hoy, ya que era absolutamente necesario que fuese a trabajar antes del fin de semana. Fue realmente apreciado tal gesto, y desde luego es el mejor pago que puedo recibir de esta gente.
El día comenzó muy temprano, ya que a las 7h00 el ministro de
comunicaciones nos había invitado a desayunar. De nuevo subida al
hotel de la colina y más contertulios de los que caben en la mesa. El
ministro se pasó el tiempo contestando al móvil y estrechando manos a
a otros presentes en el restaurante, pero no obstante tuvimos la
oportunidad de transmitirle nuestras preocupaciones más importantes, y
recalcar la priorización que debía darle a la continuidad del
proyecto. Un país no es verdaderamente independiente si no dispone de
profesionales locales, para ello la educación y la formación son
fundamentales. El grupo que ha seguido el curso se encuentra ahora en
disposición de ir más allá, de no quedarse de nuevo atrás. Les hemos
empujado para que salven la tan mal vendida brecha digital, pero dicha
brecha sigue creciendo, y no deben permitir que vuelva a distanciarles
de la realidad tecnológica que nos ha tocado vivir.
Tras el caótico día de instalaciones y últimas dudas en la barraca, nos hemos ido al hotel a tomar una cerveza con otro de los participantes, un personaje realmente agradable que vamos a echar de menos. Dejamos atrás a una gente que esperamos llegue lejos.
Y acabo de llegar de la última cena que hemos compartido Dominique, Jean Jacques y yo. También recordaré con nostalgia las charlas sobre medicina, sida, política internacional, software libre, revolución digital, y también de temas más pequeños, pero no menos apasionantes, saborando un buen bistec servido por nuestra extraña camarera. El hotel Lancers Inn ha sido mi hogar durante estas dos semanas, pero no escondo que tengo muchas ganas de regresar a casa junto a los míos, y de retomar la tarea en la universidad. Ha sido un trabajo duro y fatigante, no hemos parado en todo este tiempo, y espero tener tiempo de descansar, de reflexionar, de guardar con celo una experiencia inolviable que espero no sea la última.
Mañana comienza un viaje de regreso de 24 incómodas horas. Justo lo que necesitaba :-P.